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Gran Apostasía

La gran apostasía

“Y se le permitió hacer guerra contra los santos, y vencerlos.” (Apocalipsis 13:7)

A pesar del gran esfuerzo que hicieron los apóstoles para establecer la Iglesia, ésta cayó. Varios factores influyeron en la caída de la Iglesia. El más determinante fue la desobediencia de los mismos miembros, pero otros factores, como la persecución de los santos, la muerte de los apóstoles, y la comunicación limitada no ayudaron en el progreso de la Iglesia.

Los apóstoles sabían de los peligros que amenazaban la Iglesia y profetizaron de su caída. En las cartas de los apóstoles es evidente la preocupación que tenían de que la doctrina se mantuviera pura. Pedro advirtió: “habrá entre vosotros falsos maestros, que introducirán encubiertamente herejías destructoras, y aun negarán al Señor que los recató…y muchos seguirán sus disoluciones” (2 Pedro 1:22). Pablo no vaciló en las palabras que utilizó para advertir a Tito: “Porque hay muchos contumaces, habladores de vanidades y engañadores…a los cuales es preciso tapar la boca; que trastornan cosas enteras, enseñando por ganancia deshonesta lo que no conviene” (Tito 1:11).

Los apóstoles no sólo hablaron de los peligros, sino que profetizaron de la caída de la Iglesia. A Juan se le permitió ver la caída de la Iglesia, entre la visión que tuvo del mundo.. En el lenguaje figurativo de su visión, expresó la causa de la caída de la Iglesia como una bestia: “y se le permitió hacer guerra contra los santos, y vencerlos” (Apocalipsis 13:7). Pablo escribió de esto varias veces. A Timoteo le comunicó: “Porque vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias, y apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas” (2 Timoteo 4:3-4). Y hablando de la Segunda Venida con los Tesalonicenses, les escribió: “Pero con respecto a la venida de nuestro Señor Jesucristo…nadie os engañe de ninguna manera; porque no vendrá sin que antes venga la apostasía, y se manifieste el hombre de pecado, el hijo de perdición” (2 Tesalonicenses 2:1-3). Los apóstoles conocían las circunstancias que amenazaban la Iglesia y profetizaron de su caída.

La causa principal de la caída de Iglesia fue la desobediencia de las personas. Jesucristo le había dicho a Pedro que “las puertas del Hades no prevalecerán contra ella” (véase Mateo 16:18). En el Libro de Mormón refleja esta enseñanza de Jesucristo, y provee otro principio importante que aplica aquí: “ésta es mi iglesia, y yo la estableceré; y nada la hará caer sino la transgresión de mi pueblo” (Mosíah 27:13). Lo único que podía hacer caer la Iglesia eran sus miembros.

La Iglesia sufrió muchas persecuciones en los primeros años después de la resurrección de Jesucristo. Se sabe que la mayoría de los apóstoles fueron arrestados y muertos por sus creencias. Según la enseñanza de Cristo, esto no era suficiente para que “el Hades prevaleciera contra ella.” Pero sin la influencia de los apóstoles, no había quién detuviera a aquellos a quienes era “preciso tapar la boca,” aquellos “falsos maestros” que “trastornaban cosas enteras.” Comenzaron a haber cambios en la doctrina que Jesucristo había enseñado. La autoridad se perdió y con ella también se perdió el canal de comunicación entre Dios y el hombre. Sin esto la Iglesia no puede funcionar. Para la época en que Constantino hizo el cristianismo la religión oficial del estado, la Iglesia era no más que una sombra de la organización que Jesucristo había formado. La Iglesia de Jesucristo había caído.

En los siguientes siglos, el cristianismo siguió siendo modificado. Hombres sin la inspiración de Dios trataron de definir asuntos espirituales. Sin la ayuda divina el progreso del mundo se estancó, y las personas de esa época vivieron en oscuridad. Algunas personas reconocieron los errores en la doctrina. Un monje en el cuarto siglo d. de C. exclamó: “¡Ay de mí! Me han quitado a mi Dios… y no sé a quién adorar o a quién dirigirme” (citado en Holland, Jeffrey, ‘El único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien ha enviado’ Conferencia General, Octubre 2007). Martín Lutero, Juan Calvino y otros reconocieron que la Iglesia, tal y como Cristo la había organizado, ya no estaba sobre la tierra. Ellos trataron de arreglar la situación, pero no tenían la autoridad ni la revelación para hacerlo. Sin estas dos cosas no se pudieron poner de acuerdo y comenzaron a aparecer diferentes Iglesias. Esto no reflejaba en nada el propósito de la Iglesia de llegar a la “unidad de la fe” (véase Efesios 4:11-14), pero sí abrió el paso a la libertad de religión necesaria para la restauración de la Iglesia verdadera de Cristo.

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