El ministerio terrenal de Jesucristo
El ministerio terrenal de Jesucristo
“Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos…” (Efesios 4:11)
Unos siglos antes del nacimiento de Jesucristo, el pueblo de Israel cayó en apostasía. En este tiempo no hubo profetas y, después de Malquías, que vivió aproximadamente cuatrocientos años antes de Cristo, no se sabe de revelación alguna de Dios al hombre. La apostasía llegó al grado de que el pueblo de Israel no reconoció las señales del nacimiento del Salvador del mundo.
La misión de Jesucristo sobre la tierra fue sumamente especial. Él fue enviado para expiar los pecados de todas las personas del mundo. “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16). Él no sólo pagó por los pecados de la humanidad, sino que dejó un ejemplo perfecto de cómo vivir esta vida. Su servicio desinteresado y el consuelo que pudo llevar a las vidas de los afligidos personifican su enseñanza de que “el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir” (Mateo 20:28). Los milagros que pudo efectuar reflejan no sólo la autoridad y el poder que había recibido de Su Padre, sino también su amor perfecto. Sus enseñanzas marcaron el inicio de una ley más alta que la Ley de Moisés. Jesucristo fue el Salvador perfecto que el mundo necesitaba.
Parte importante de la obra de Jesucristo fue establecer Su Iglesia. Llamó a los Doce Apóstoles y les dio la autoridad para dirigir su obra después de su muerte y resurrección. En las escrituras se lee de que la noche antes de llamar a sus apóstoles, Jesucristo “pasó la noche orando a Dios. Y cuando era de día, llamó a sus discípulos y escogió a doce de ellos…” y que “les dio autoridad” (Lucas 6:13 y Mateo 10:1).
El último mandamiento que Jesucristo dio a los apóstoles ilustra los planes que Él tenía para su obra: “id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mateo 28:19-20). En una de las últimas conversaciones que Jesucristo tuvo con Pedro, le encomendó su obra con el sencillo mandamiento de “apacienta mis corderos” (véase Juan 21:17-23). Después de la ascensión los apóstoles se establecieron la Iglesia de Jesucristo.
En el Nuevo Testamento, en especial el libro de los Hechos de los Apóstoles y en las cartas de Pablo, se ve que los apóstoles avanzaron la obra de Jesucristo de la misma manera que Él lo hubiera hecho. Efectuaban milagros, recibían revelaciones y expandían la obra de Dios por todo el continente. La Iglesia de Jesucristo creció rápidamente. Describiendo un día específico Lucas escribió: “se añadieron aquel día como tres mil personas” (Hechos 2:41). Y explica las actividades de los miembros de la Iglesia de Cristo: “Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones…y muchas maravillas y señales eran hechas por los apóstoles. Todos los que habían creído estaban juntos, y tenían en común todas las cosas; y vendían sus propiedades y sus bienes, y lo repartían a todos según la necesidad de cada uno. Y perseverando unánimes cada día en el templo, y partiendo el pan en las casas, comían juntos con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios, y teniendo favor con todo el pueblo. Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos” (Hechos 2:43-47). De seguro era un tiempo de mucho trabajo y felicidad para los apóstoles.
Pablo enseñó más acerca de la organización de la Iglesia en esa época. Las personas que se unían a la Iglesia tenían muy en claro el orden que ésta tenía sobre la tierra. A los “santos y fieles” (o sea miembros de la Iglesia) que estaban en Efeso, les escribió: “Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios, edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo” (Efesios 2:19-20). Y más adelante explicó el propósito de la organización de la Iglesia. Primero, enseñó que Cristo mismo había organizado su Iglesia: “Y él mismo [Jesucristo] constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros.” Continúa explicando qué quería lograr con esta organización: “A fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios…para que ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina” (Efesios 4:11-14). La Iglesia fue organizada para unir a todos los creyentes de Cristo en fe y conocimiento, y para protegerlos de las doctrinas falsas.
Las cartas de los apóstoles que forman parte del Nuevo Testamento ilustran la función de los apóstoles en la Iglesia de Cristo. En la primera parte de la carta a los santos en Galicia, Pablo explica la importancia de seguir a los apóstoles. Al parecer, los miembros de la Iglesia estaban cambiando ciertos principios del evangelio. Lo primero que hace Pablo para enfrentar el problema es aclarar que sólo existe un evangelio verdazo. “Estoy maravillado de que tan pronto os hayáis alejado del que os llamó por la gracia de Cristo, para seguir un evangelio diferente. No que haya otro, sino que hay algunos que os perturban y quieren pervertir el evangelio de Cristo.” Continúa recalcando la importancia de seguir sólo el evangelio de Cristo. “Mas si aun nosotros, o un ángel del cielo os anunciare otro evangelio diferente del que hemos anunciando, sea anatema. Como hemos dicho, también ahora lo repito: si alguno os predica diferente evangelio del que habéis recibido, sea anatema.” Termina explicando porqué deberían de seguir sólo el evangelio declarado por los apóstoles. “Mas os hago saber, hermanos, que el evangelio anunciado por mí, no es según hombre; pues yo ni lo recibí ni lo aprendí de hombre alguno, sino por revelación de Jesucristo” (véase Gálatas 1:6-12). En este ejemplo se ve el papel de los apóstoles en la protección de la Iglesia de las doctrinas equivocadas. También se ve que la fuente de las enseñanzas de los apóstoles era Jesucristo mismo. Por medio de la Biblia podemos entender la importancia que tenían los apóstoles en sostener la Iglesia. Gracias a la obra de ellos la Iglesia que Jesucristo había establecido pudo seguir adelante.