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Ley del diezmo

El amor que una persona siente hacia Dios debe superar el amor hacia cualquier otra cosa. El Señor a veces nos prueba justo en el principio que más nos cuesta. La historia del joven rico en el Nuevo Testamento enseña esto. Un joven con alguna posición de importancia se acercó a Jesucristo buscando orientación. No se trataba de un joven malo en busca de reformar su vida. El joven había reconocido a Jesucristo como un buen guía. Era obediente a los mandamientos y de seguro se sentía como que podía hacer más. Le preguntó a Jesús, “¿qué haré para heredar la vida eterna?”. Jesucristo respondió que debía guardar los mandamientos. El buen joven respondió que desde su juventud había hecho esto. Entonces Jesús le indicó lo que le hacía falta: “vende todo lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme”. Con gran tristeza, el joven no pudo cumplir con el mandato del Señor (véase Lucas 18:18-23). El élder Bruce Hafen dijo: “Podemos tener la vida eterna si la deseamos, pero sólo si no hay nada que queramos más” (“La Expiación: todo por todo” Conferencia General, abril 2004). El diezmo es una manera que el Señor utiliza para ayudarnos a vencer el apego que sentimos hacia los bienes materiales.

La historia del diezmo se remonta al Antiguo Testamento. Está registrado que Caín y Abel daban ofrendas de su trabajo. Las primeras menciones del diezmo se hacen en Génesis con el profeta Abraham. Se dice que él “le dio los diezmos de todo” (Génesis 14:18). A lo largo de la historia del pueblo de Israel se menciona repetidas veces que el pueblo traía el diezmo de todas las cosas. Una de las enseñanzas más conocidas en cuanto al diezmo aparece en Malaquías, en donde se acusa a los no pagadores de diezmos como personas que están robando a Dios, y se hacen notar las grandes bendiciones de obedecer el mandamiento. En el Nuevo Testamento, se dice que los miembros de la Iglesia tenían “todas las cosas en común”, lo que representa una ley más alta, pero parecida, a la ley del diezmo, conocida como la ley de consagración (véase Hechos 4:32). En nuestra época, Dios ha repetido varias veces el mandamiento del diezmo y la gran bendición que esta ley representa. La ley del diezmo ha sido uno de los mandamientos fundamentales del Señor en toda época.

La ley del diezmo se obedece dando la décima parte de nuestros ingresos a la Iglesia. Esto significa que pagamos la décima parte de todo lo que ganamos antes de hacer los gastos de comida, casa, educación, etc. Al pagar el diezmo, lo debemos de hacer con un corazón alegre. El élder Stephen L. Richards dijo: “cuando se paga el diezmo sin disfrutar de ello, se pierde parte de la bendición. Se debe aprender a dar con un corazón alegre, dispuesto y gozoso, y su ofrenda será bendecida” (The law of tithing [folleto], 1983, pág. 8). Pablo habló de esto: “Cada uno dé como propuso en su corazón: no con tristeza, ni por necesidad, porque Dios ama al dador alegre” (2 Corintios 9:7). Al obedecer esta ley, lo debemos de hacer con un corazón alegre.

En la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días el diezmo se utiliza únicamente para avanzar la obra de Dios. En la Iglesia no existe un clero profesional. Ninguna persona que presta servicio dentro de la Iglesia recibe remuneración por su servicio. Como estos fondos se consideran sumamente sagrados, un comité dirigido por la Primera Presidencia decide qué hacer con los diezmos. El diezmo se utiliza para cumplir propósitos especiales en el reino de Dios, tales como:

1. Construir, mantener y operar templos, centros de reuniones y otros edificios.
2. Proveer los fondos de operación a las estacas y barrios. Estas unidades utilizan los fondos para llevar a cabo los programas de la Iglesia.
3. Ayudar a la obra misional.
4. Educar a la gente joven en escuelas y universidades de la Iglesia.
5. Publicar y distribuir los materiales de lecciones.
6. Ayudar en la historia familiar y obra del templo.

La ley del diezmo es una prueba de fe que trae consigo grandes bendiciones. Muchas veces es difícil confiar en que el Señor está pendiente de nuestras situaciones especiales, y cuando pasamos un momento apretado, económicamente, es más difícil obedecer este mandamiento. El siguiente relato se ofrece para dar testimonio de lo que puede suceder si nuestra fe y obediencia se convierten incondicionales en el pago del diezmo:

“El élder Lynn Robbins, de los Setenta, cuenta este relato de un presidente de estaca de Panamá.
“Siendo joven, y habiendo regresado hacía poco de la misión, encontró a la joven con la que quería casarse. Eran felices, pero pobres.

“Entonces llegó una época difícil en la que se les acabó la comida y el dinero. Era un sábado y literalmente no tenían nada para comer. René se angustió porque su esposa tenía hambre. Decidió que no quedaba otra alternativa más que usar el dinero del diezmo para comprar comida.

“Al salir de casa, su esposa lo detuvo y le preguntó a dónde iba. Él le dijo que iba a comprar comida. Ella le preguntó de dónde había conseguido el dinero. Él contestó que era el dinero del diezmo. Ella dijo: ‘Ese dinero es del Señor; no lo usarás para comprar comida’. La fe de ella era más fuerte que la de él. Él devolvió el dinero y esa noche se fueron a dormir sin comer.

“A la mañana siguiente no desayunaron, y fueron en ayunas a la Iglesia. René le entregó el diezmo al obispo, pero el orgullo le impidió decirle que estaban necesitados.

“Después de las reuniones, él y su esposa emprendieron el camino a casa. No habían avanzado mucho, cuando un miembro nuevo, que era pescador, los llamó desde su casa y les dijo que tenía más pescados de los que iba a utilizar. Envolvió cinco pescados pequeños en un periódico, y ellos se lo agradecieron. Al seguir su camino, otro miembro los detuvo y les dio tortillas; después alguien más los detuvo y les dio arroz; otro miembro los vio y les dio frijoles.

“Cuando llegaron a casa, tenían suficiente comida para dos semanas. Se sorprendieron aún más cuando abrieron el paquete y encontraron dos pescados sumamente grandes y no los cinco pequeños que pensaron que habían visto. Cortaron los pescados en porciones y los guardaron en el congelador de la vecina.
“Ellos siempre han testificado que a partir de ese momento nunca han pasado hambre.” (Hinckley, G.B “Entre los lazos de su amor”, Conferencia General, octubre 2006).

El Señor no olvida a los que se recuerdan de Él. Las bendiciones de la Ley del Diezmo son muy grandes. En Malaquías se lee: “probadme ahora en esto, dice Jehová de los ejércitos, si no os abriré las ventanas de los cielos, y derramaré sobre vosotros bendición hasta que sobreabunde. Reprenderé también por vosotros al devorador, y no os destruirá el fruto de la tierra, ni vuestra vid en el campo será estéril, dice Jehová de los ejércitos. Y todas las naciones os dirán bienaventurados; porque seréis tierra deseable” (Malaquías 3:10-12). El Señor es fiel en el cumplimiento de sus promesas, si tan sólo ejercitamos la fe en Él para “probarlo en esto”.

El Diezmo es una ley del evangelio de Jesucristo. Los más grandes profetas y los discípulos más humildes han sido obedientes a esta ley. El diezmo permite que la obra de Dios avance y se propague rápidamente. Las bendiciones que reciben las personas que son obedientes a esta ley en verdad “sobreabundan” en sus vidas.

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