Reclamamos el derecho
“Reclamamos el derecho de adorar a Dios Todopoderoso conforme a los dictados de nuestra propia conciencia, y concedemos a todos los hombres el mismo privilegio: que adoren cómo, dónde o lo que deseen”
Artículo de Fe No. 11
Una de las bendiciones más grandes que recibe cada persona que nace sobre la tierra es la libertad de dirigir su vida de la manera que más le parezca prudente. Esta libertad de escoger abre la puerta a que el hombre decida su propio destino. Una persona puede, por medio de esta libertad, desarrollar los atributos divinos y de esa manera llegar a ser semejante a Dios, o puede entregarse a los vicios y ceder ante toda tentación y llegar a ser algo muy desagradable. Es la responsabilidad de cada persona decidir en qué se convertirá. La paciencia de Dios permite que el ser humano tenga libertad de escoger. A Dios le afectan las decisiones de sus hijos. Dios ha expresado su tristeza al observar las maldades que sus hijos han cometido con su libertad sobre la tierra. Dios ciertamente tiene el poder para evitar esta maldad. Como dijo Jesucristo: “¿Acaso no piensas que no puedo ahora orar a mi Padre, y que él no me daría más de doce legiones de ángeles?” (Mateo 26:53). Pero Dios no lo hace, sino que su ley es y siempre será: “no obstante, podrás escoger según tu voluntad, porque te es concedido” (Moisés 3:17). Como parte de la prueba de esta vida, Él permite que sus hijos interactúen los unos con otros. Unos deciden hacer el bien, otros deciden hacer el mal. Pero la libertad de escoger se mantiene intacta. La libertad de elección que el Señor compartió con sus hijos incluye la libertad de adorarle de la manera que más les parezca conveniente.
Jesucristo reconoció que fue la intolerancia de los judíos que los cegó y no permitió que lo reconocieran como su Salvador. Al reconocer su incredulidad y las limitaciones que ésta les imponía, Jesús declaró: “la verdad os hará libres.” Debido a la ley que habían recibido los judíos, se creyeron superiores a Jesús y sus enseñanzas, y en intolerancia declararon: “Linaje de Abraham somos, y jamás hemos sido esclavos de nadie. ¿Cómo dices tú: seréis libres?” Entonces Jesucristo les dijo: “Sé que sois hijos de Abraham; pero procuráis matarme, porque mi palabra no halla cabida en vosotros” (véase Juan 8:31-45). La intolerancia no permitió que la palabra de Jesús entrara en ellos. Permanecieron en su ceguedad y llegaron a crucificar al Hijo de Dios. Todo por su intolerancia a lo diferente. Es importante notar que lo que ahora, en el siglo veintiuno, es obvio, fue muy difícil para estos judíos aceptar. Las personas que no aceptan la obra de Dios en esta época por su intolerancia, cometen el mismo pecado que estos judíos, y puede ser que en unos doscientos años su ceguedad e insensatez sean tan evidentes como lo fue la de los judíos que rechazaron a Jesús.
Jesús demostró cierta tolerancia hacia las personas que creían algo diferente. Cuando los apóstoles demostraron intolerancia en sus primeros viajes misioneros, fueron reprendidos por su Maestro. Como se nota en el siguiente suceso: “Juan le respondió diciendo: ‘Maestro, hemos visto a uno que en tu nombre echaba fuera demonios, pero él no nos sigue; y se lo prohibimos porque no nos seguía’. Pero Jesús dijo: ‘No se lo prohibáis; porque ninguno hay que haga milagro en mi nombre, que luego pueda decir mal de mí. Porque el que no es contra nosotros, por nosotros es. Y cualquiera que os diere un vaso de agua en mi nombre, porque sois de Cristo, de cierto os digo que no perderá su recompensa” (Marcos 8:38-41). En otra oportunidad, cuando Jesús y sus apóstoles iban a Jerusalén, pasaron por una aldea samaritana donde no fueron recibidos con el respeto que merecía el Hijo de Dios. Los hermanos Santiago y Juan dijeron: “Señor, ¿quieres que mandemos que descienda fuego del cielo como hizo Elías, y los consuma?” Jesucristo les reprendió diciendo: “Vosotros no sabéis de qué espíritu sois; porque el Hijo del Hombre no ha venido para perder las almas de los hombres, sino para salvarlas” (véase Lucas 9:51-56). Los propósitos de Jesucristo no forzaron a la gente a creen en Él, sino que fue tolerante con los que no decidieron creerle.
José Smith, el primer profeta del Señor en estos tiempos predicó la tolerancia. Aunque no la recibió, enseñó que los miembros de la Iglesia debían practicar la tolerancia. Esto ha tenido un gran efecto en la manera de proceder de la Iglesia. El élder Russell M. Nelson, miembro del Quórum de los Doce Apóstoles, escribió lo siguiente de una experiencia que vivió y de la manera en que las enseñanzas de José Smith influyeron su actitud: “Asistí hace algunos meses a un ‘laboratorio de tolerancia’, cuando tuve el privilegio de participar en el Parlamento de las Religiones del Mundo. Allí conversé con buenos hombres y buenas mujeres que representaban muchos grupos religiosos. Nuevamente capté las ventajas de la diversidad étnica y cultural, y reflexioné una vez más sobre la importancia de la libertad y tolerancia religiosas.
“Me maravillé ante la inspiración del profeta José Smith al redactar el undécimo Artículo de Fe…
“Esa expresión noble de tolerancia religiosa es conmovedora ante la persecución personal que sufrió el Profeta. En una oportunidad él escribió: ‘En este momento soy el hombre más perseguido de la tierra, como lo es también este pueblo…todos nuestros derechos sagrados son hollados bajo los pies de la chusma’.
“José Smith sufrió una persecución incesante y finalmente el doloroso martirio a manos de los intolerantes. Este hecho brutal se levanta como un rígido recordatorio de que nosotros jamás debemos ser culpables de ningún pecado cosechado por la semilla de la intolerancia…
“Es moralmente erróneo que una persona o grupo de personas niegue a cualquier otra su dignidad inalienable basada en la teoría horrenda de una superioridad racial o cultural” (véase “Llena nuestro corazón de tolerancia y amor”, Liahona, julio de 1994, págs. 78,81).
La tolerancia también debe de tener sus límites, y tolerar no significa que se deben de comprometer los principios correctos y verdaderos. Las personas tienden a ser extremistas. Por un lado, los hombres pueden creer que la fe de otros es muy inferior a la suya, y critican y juzgan a los que creen algo distinto. Por otro lado se puede llegar a creer que todas las sectas son iguales y que no existe ningún orden verdadero de religión. Ninguno de estos dos extremos es correcto. Se debe de encontrar algún punto entre estos dos extremos. El élder Robert D. Hales enseñó: “Con toda seguridad nuestro Padre Celestial se entristece, y el diablo se ríe, cuando discutimos en forma contenciosa las diferencias doctrinales con nuestros vecinos cristianos. Eso no quiere decir que debamos transigir en nuestros principios ni debilitar nuestras creencias. No podemos cambiar las doctrinas del Evangelio restaurado, aunque el enseñarlas y obedecerlas nos haga antipáticos a los ojos del mundo. Sin embargo, aún cuando sintamos que debemos enseñar la palabra de Dios con resolución, debemos orar para ser llenos del Espíritu Santo (véase Hechos 4:29, 31). No debemos confundir la resolución con la versión falsa que de ella usa Satanás: la altivez (véase Alma 38:12). Los verdaderos discípulos se expresan con confianza serena, no con orgullo jactancioso.” (“Valor cristiano: El precio del discipulado” Liahona, Nov. 2008).
Los miembros de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días afirman que ésta es la Iglesia verdadera y la única que Jesucristo reconoce y dirige personalmente. Pero los miembros también deben respetar la sinceridad y honradez de toda persona que trata de adorar a Cristo. El presidente Gordon B. Hinckley: “Esa maravillosa restauración [de la Iglesia] debe hacer de nosotros personas de tolerancia, de amor al prójimo, de agradecimiento y bondad hacia los demás. No debemos ser jactanciosos; no debemos ser orgullosos. Podemos ser agradecidos, y debemos serlo; podemos ser humildes, y debemos serlo.
“Amamos a los miembros de otras iglesias; trabajamos juntos en buenas empresas. Les respetamos. Mas nunca debemos olvidar nuestras raíces; esas raíces que están en lo profundo del suelo del inicio de ésta, la última dispensación, la dispensación del cumplimiento de los tiempos” (“El maravilloso fundamento de nuestra fe” Liahona, Nov. 2002).
El Señor ha dispuesto que todos sus hijos tengan la libertad de elegir. Jesucristo enseñó que esta libertad se debe respetar y que no es correcto utilizar ni la fuerza divina para obligar a alguien a creer en algo, aunque sea la verdad. La tolerancia permite que la semilla de verdad penetre el corazón. La tolerancia hace más agradable nuestra vida, y no es necesario que se comprometan los principios verdaderos para expresarla. Aunque la Iglesia proclama ser la verdadera de Cristo, esta verdad sólo debe de reflejar más amor hacia los demás.