Obediencia
Según relata el Libro de Mormón, aproximadamente 63 años antes del nacimiento de Jesucristo, había una guerra entre dos pueblos en el continente americano. Uno de estos pueblos, los lamanitas, luchaba por poder e intentaba subyugar al otro pueblo, los nefitas. A la vez, los nefitas, “no estaban luchando por monarquía ni poder, sino que luchaban por sus hogares y sus libertades, sus esposas y sus hijos” (Alma 43:45).
Entre los ejércitos nefitas había un pequeño grupo de 2,060 jóvenes que había pedido a Helamán, uno de los grandes líderes espirituales de la época, que fuera su capitán en la guerra. Mormón describió a estos jóvenes con las siguientes palabras: “eran jóvenes y sumamente valientes en cuanto a la intrepidez, y también en cuanto a vigor y actividad; mas he aquí, esto no era todo; eran hombres que en todo momento se mantenían fieles a cualquier cosa que les fuera confiada. Sí eran verídicos y serios, pues se les había enseñado a guardar los mandamientos de Dios y andar rectamente ante él” (Alma 53:20-21).
Los atributos de estos jóvenes resultaron ser una gran ventaja para el pueblo nefita. En varias ocasiones la fe o la diligencia de estos muchachos permitió que ellos salvaran a su ejército. En una ocasión, fue su obediencia la que salvó al pueblo. Escribió Helamán: “mi pequeña compañía de dos mil sesenta combatió desesperadamente; sí, se mantuvieron firmes ante los lamanitas e hicieron morir a cuantos se les oponían. Y mientras que el resto de nuestro ejército se encontraba a punto de ceder ante los lamanitas, he aquí, estos dos mil sesenta permanecieron firmes e impávidos. Sí, y obedecieron y procuraron cumplir con exactitud toda orden; sí, y les fue hecho según su fe…y he aquí, es a éstos, mis hijos, a quienes debemos esta gran victoria; porque fueron ellos los que vencieron a los lamanitas” (Alma 57:19-22).
Este relato del Libro de Mormón es un excelente ejemplo de lo determinante que puede ser la obediencia en la lucha por triunfar sobre los desafíos de la vida. Para que la obediencia tenga sus efectos milagrsos, debe de ser de buena voluntad, requiere fe y debe de ser completa.
Debemos obedecer de buena voluntad
Todo persona debe de preguntarse qué le inspira a ser obiente. Existen muchas razones para ser obedientes. Puede ser el deseo de una recompensa, evitar el castigo que se recibe al fallar, o el amor a Dios y a Jesucristo. El amor siempre es la motivación correcta para guardar los mandamientos de Dios. Jesucristo enseñó que éste es el gran mandamiento: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento” (Mateo 22:37). A los apóstoles, Jesucristo explicó que la forma de demostrar amor hacia Él era la obediencia. La noche de la Última Cena les dijo: “Si me amáis, guardad mis mandamientos” (Juan 14:15). Obedecer de mala gana es mejor que no obedecer, pero Dios siempre conoce los sentimientos y pensamientos de una persona. El Señor se deleita en “honrar a los que [le] sirven en rectitud y en verdad hasta el fin” (Doctrina y Convenios 76:5), pero las personas que no hacen nada hasta que se les manda, y lo hacen de mala gana, pierden su recompensa (véase Doctrina y Convenios 58:26-29). De los que obedecen para ser vistos de los hombres o para satisfacer su vanidad se dijo, “ya tienen su recompensa” (véase Mateo 6).La obediencia inspirada por el amor de Dios es la obediencia que ha logrado milagros.
La obediencia requiere fe
Para ser completamente obediente a todos los mandamientos de Dios, debemos tener mucha fe y confianza en Él. Los mandamientos de Dios siempre están vigentes, sin tomar en cuenta cuánto nos conviene ser obedientes en ese momento en particular. El siguiente ejemplo, compartido por el Presidente Gordon B. Hinckley en octubre de 2006, ilustra la fe que a veces es necesaria para obedecer los mandamientos de Dios (en este caso, la ley del diezmo):
“El élder Lynn Robbins, de los Setenta, cuenta este relato de un presidente de estaca de Panamá.
Siendo joven, y habiendo regresado hacía poco de la misión, encontró a la joven con la que quería casarse. Eran felices, pero pobres.
Entonces llegó una época difícil en la que se les acabó la comida y el dinero. Era un sábado y literalmente no tenían nada para comer. René se angustió porque su esposa tenía hambre. Decidió que no quedaba otra alternativa más que usar el dinero del diezmo para comprar comida.
Al salir de casa, su esposa lo detuvo y le preguntó a dónde iba. Él le dijo que iba a comprar comida. Ella le preguntó de dónde había conseguido el dinero. Él contestó que era el dinero del diezmo. Ella dijo: “Ese dinero es del Señor; no lo usarás para comprar comida”. La fe de ella era más fuerte que la de él. Él devolvió el dinero y esa noche se fueron a dormir sin comer.
A la mañana siguiente no desayunaron, y fueron en ayunas a la Iglesia. René le entregó el diezmo al obispo, pero el orgullo le impidió decirle que estaban necesitados.
Después de las reuniones, él y su esposa emprendieron el camino a casa. No habían avanzado mucho, cuando un miembro nuevo, que era pescador, los llamó desde su casa y les dijo que tenía más pescados de los que iba a utilizar. Envolvió cinco pescados pequeños en un periódico, y ellos se lo agradecieron. Al seguir su camino, otro miembro los detuvo y les dio tortillas; después alguien más los detuvo y les dio arroz; otro miembro los vio y les dio frijoles.
Cuando llegaron a casa, tenían suficiente comida para dos semanas. Se sorprendieron aún más cuando abrieron el paquete y encontraron dos pescados sumamente grandes y no los cinco pequeños que pensaron que habían visto. Cortaron los pescados en porciones y los guardaron en el congelador de la vecina.
Ellos siempre han testificado que a partir de ese momento nunca han pasado hambre.”
Aunque no siempre sea lo más fácil, o lo más conveniente, o no entendamos completamente por qué, debemos esforzarnos por ser obedientes y el Señor no se olvidará de ello.
Debemos ser completamente obedientes
La obediencia a los mandamientos no debe de depender de la dificultad o facilidad del mandamiento. A veces, un mandamiento parece ser demasiado difícil para cumplir. Los hermanos de Nefi, Laman y Lemuel, en el Libro de Mormón ejemplifican esta actitud. Ellos se quejaron constantemente por un mandamiento que consideraban demasiado difícil. Nefi, sin embargo, dijo: “seamos fieles en guardar los mandamientos del Señor, pues he aquí, él es más poderoso que toda la tierra” (1 Nefi 4:1). Él cumplió los mandamientos del Señor y fue grandemente bendecido. Por otra parte, a veces los mandamientos sencillos se quedan sin cumplir porque parecen ser insignificantes. Naamán, un capitán del ejército de Siria, tomó esta actitud ante el mandamiento que recibió para ser curado de lepra. Había viajado desde Siria para solicitar la ayuda del profeta Eliseo. En vez de atender personalmente a Naamán, Eliseo le mando a decir por medio de un siervo que se zambullara siete veces en el río Jordán para curarse. Ante este mandamiento sencillo, Naamán se molesto y dijo: “[Los] ríos de Damasco, ¿no son mejors que todas las aguas de Israel? Si me lavare en ellos, ¿no seré también limpio?” Uno de sus siervos le hizo ver su error al decir: “si el profeta te mandara alguna gran cosa, ¿no lo harías? ¿Cuánto más diciéndote: lávate, y serás limpio?” Naamán cumplió el mandamiento sencillo y fue sanado de su lepra. (Veáse 2 Reyes 5:1-14.)
La obediencia trae grandes bendiciones
Las escrituras nos enseñan a ser obedientes. El Señor ha dicho que la bendicion más grande, la vida eterna, depende de la obediencia. “Y si guardas mis mandamientos y perseveras hasta el fin, tendrás la vida eterna, que es el mayor de todos los dones de Dios” (Doctrina y Convenios 14:7). Y el rey Benjamín da estas palabras de esperanza para los que se esfuerzan por guardar los mandamientos: “quisiera que recordaseis el bendito y feliz estado de aquellos que guardan los mandamientos de Dios. Porque he aquí, ellos son bendecidos en todas las cosas, tanto temporales como espirituales; y si continúan fieles hasta el fin, son recibidos en el cielo, para que así moren con Dios en un estado de interminable felicidad…” (Mosíah 2:41).
La obediencia a los mandamientos de Dios determina en su totalidad nuestro estado de felicidad en esta vida y en la venidera. La obediencia a los mandamientos de Dios de buena voluntad trae grandes bendiciones, y felicidad. La desobediencia hace que las recompensas prometidas se pierdan. Depende de cada persona utilizar su albedrío para hacerse merecedor de las bendiciones de Dios.