Arrepentimiento
La caída de Adán trajo al mundo la posibilidad de pecar. Todas las personas que han vivido sobre la tierra, exceptuando sólo a Jesucristo, han cedido a la tentación y han pecado. El pecar tiene graves consecuencias. Un pecador no es digno de vivir en la presencia de Dios. El arrepentimiento hace posible que una persona supere los efectos de sus pecados, sea perdonado y se le permita vivir en la presencia de Dios.
El arrepentimiento es un cambio sincero de corazón en el que una persona renuncia a lo malo y se vuelve a Dios. Para que una persona se arrepienta por completo, es necesario que cumpla varios pasos.
El primer paso es el reconocer que ha estado obrando en contra de los mandamientos de Dios. Si una persona no reconoce que está obrando mal, jamás va a sentir el deseo de cambiar. Este paso requiere humildad porque requiere que la persona involucrada reconozca que Dios, o sus siervos autorizados, saben más que ellos en cuanto el asunto.
El siguiente paso es sentir dolor por los pecados cometidos. No es suficiente sólo reconocer nuestros pecados, debemos sentir tristeza por haber quebrantado los mandamientos de Dios. Cuando una persona trata de acercarse a Dios, se da cuenta de que sus pecados evitan acortar la distancia y eso causa un gran remordimiento que supera aún a la vergüenza. Este dolor de alma y espíritu tiene el mismo propósito que el dolor físico. Al poner la mano en un lugar caliente, el dolor que percibe el cuerpo indica que la mano debe de quitarse de allí. Cuando comenzamos a alejarnos de Dios por medio del pecado, el remordimiento que traen nuestras acciones nos ayuda a saber que estamos pecando y que no está bien. Las escrituras enseñan que “la maldad nunca fue felicidad” (Alma 41:10), pero algunas personas parece que son capaces de obrar el mal sin sentir remordimiento. Esto sucede cuando una persona vive en obscuridad espiritual, y es en sí un estilo de vida miserable. Sí esta persona intenta volver a Dios, tendrá que enfrentar este remordimiento de consciencia para cumplir con la justicia de Dios.
Para recibir el perdón de pecados, es necesario hacer una confesión de ellos. Todos los pecados se deben de confesar a Dios. En oración sincera y con mucha humildad, una persona se acerca a Dios para reconocer ante Él que sus acciones no fueron las correctas. A veces es necesario también confesar los pecados a los siervos autorizados del Señor. Si no nos sentimos cómodos por nuestras acciones, nunca está demás platicar con el obispo para tratar de solucionar el problema. En estas situaciones es necesario ser muy sinceros y no intentar esconder nada, ya que esta actitud sólo retrasa el proceso del arrepentimiento.
Otro requisito del arrepentimiento sincero es la restitución de los daños causados por el pecado cometido. Si una persona robó, es justo que devuelva lo robado antes de recibir perdón. Si ofendió es necesario que se disculpe. Esta parte del arrepentimiento trata de restablecer todo al orden que existía antes de que se cometiera el pecado, y es parte de la justicia de Dios.
El paso que sella el verdadero arrepentimiento es el abandono total del pecado. Una persona verdaderamente arrepentida, no vuelve a cometer el pecado, sino que lo deja atrás y sigue adelante con su vida. Es un cambio permanente, hecho posible por medio de la Expiación de Jesucristo.
El verdadero arrepentimiento es lo que las escrituras llaman “nacer de nuevo.” Hace posible que las cargas espirituales se nos quiten y que se nos dé, departe de Dios, una nueva oportunidad en la vida. El fruto del arrepentimiento es el perdón de pecados, y esto trae un gozo increíble. Alma hijo describió el gozo que sintió de la siguiente manera: “Y ¡oh qué gozo, y qué luz tan maravillosa fue la que vi! Sí, mi alma se llenó de un gozo tan profundo como lo había sido mi dolor…no puede haber cosa tan intensa y dulce como lo fue mi gozo” (Alma 36:21).